Hasta la próxima estación


Imagínate que te encuentras en un vagón de tren. Es un tren muy largo que corre velozmente. No recuerdas cuándo subiste ni tampoco sabes cuándo tendrás que bajar. Sólo sabes que un día se abrirá la puerta, te obligarán a bajar al andén y nunca más podrás volver a subir. En este tren hay muchos pasajeros. El compartimento está atestado, y en el pasillo y en el vagón restaurante tampoco cabe ni una aguja. Los pasajeros no están quietos, van arriba y abajo con paquetes en las manos. Todos transportan. Todos jadean. Te encuentras en un vagón con desconocidos. No sabes cómo se llaman ni qué quieren. Tampoco sabes exactamente cuándo subieron ni cuándo tendrán que bajar. Todos tenéis en común un hecho: estáis en el mismo tren, pero nadie sabe cuándo subió ni cuándo tendrá que bajar. Sólo ves que el personal se va renovando y que ahora hay unos que antes no estaban, y te das cuenta —asimismo— de que algunos que hace tiempo habías visto correr con desasosiego por el pasillo como si les fuera la vida, sencillamente ya no están, ni estarán nunca más. Las ventanas de tu vagón están muy empañadas.
Prácticamente no se ve el paisaje. Tampoco podrías contemplarlo con detenimiento, porque el tren corre veloz y las imágenes se suceden vertiginosas unas tras otras. Por los extremos del vidrio se ven algunas cosas, pero el tren galopa tan apresuradamente que sólo intuyes formas y entrevés algunas figuras. A juzgar por el tipo de vida de los pasajeros, parece que todo el mundo tiene mucho trabajo y va muy apresurado. Siempre hay una actividad frenética en el pasillo. Algunos corren a un lado y a otro de modo continuo. Cuando llegan al primer vagón, a la puerta que separa la locomotora del resto del tren, vuelven sobre sí y corren hasta el último vagón; y así pasan el tiempo, yendo y viniendo. Otros leen sentados en el compartimento. Algunos duermen, otros comen. Imagínate que el tren se detiene, te llaman por el altavoz de la estación y has de bajar al andén. Te despides apenado, porque durante este breve periplo has forjado algún vínculo y te resulta doloroso abandonar a los que amas. Te echas a llorar amargamente. Bajas allí y tu trayecto se acaba. De pronto te encuentras solo en una estación solitaria. Quieto por primera vez, quieto. El espanto se apodera de tu corazón.



Esta pequeña alegoría puede ser útil para iluminar la experiencia de vivir. Tenemos la sensación de vivir sin sosiego, empujados por una fuerza que no sabemos de dónde viene y proyectados hacia un destino que tampoco conocemos con certeza. Entretanto, multitud de ocupaciones y preocupaciones llenan nuestra actividad mental y emocional. Cada día tiene su afán y se convierte en una breve carrera de obstáculos. Hay que ir de aquí para allá, resolver aquella pequeña necesidad y paliar aquel nuevo problema. Las mil ocupaciones que tejen la rutina cotidiana se renuevan total o parcialmente, pero aparecen siempre otras nuevas, tan estúpidas y banales como las de ayer, pero que ocupan el tiempo vital y saturan el pensamiento. Los temas de conversación se renuevan, las discusiones cambian de protagonistas y los escenarios se van alternando, pero siempre hay hechos que ocupan el curso del día, nuevos argumentos para tejer el guión de la cotidianeidad. Desde que suena el maldito despertador hasta que volvemos a programarlo para mañana, los acontecimientos se suceden precipitadamente, uno tras otro. El tren circula y no se puede parar. No sirve de nada avanzar en sentido contrario porque, aunque lo intentes, no puedes detener la marcha del tren.

¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Hacia dónde va el tren? ¿Por qué subí a él? ¿Lo hice libremente? ¿Me subieron sin mi permiso? ¿Por qué tendré que bajar? ¿Dónde estaba antes de subir al tren? ¿Existía? ¿Adónde iré después de bajar del tren? ¿Existiré? ¿Qué puede dar sentido a este tiempo provisional entre la subida y la bajada?, ¿Por qué voy tan inquieto de un lugar a otro?



Torralba, F. "El Sentido de la Vida"




Raul Reinoso

Buscador apasionado de la verdad. Educador por convicción. En constante afán de aprender. Abierto a lo que cada día, sorpresivamente, me pueda ofrecer.

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